La Rutina de las Cinco y Treinta | ForosGenerales.com


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Plubicado el 6 de Marzo, 2018 | por Carolina José

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La Rutina de las Cinco y Treinta

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Alfredo nunca se tardaba para salir del trabajo, era de los primeros que a las cinco en punto ya tenía el ordenador apagado y su mochila en la espalda. Ese día una reunión con el jefe de departamento de ventas extendió su rutina. Los regaños a todos los vendedores por el pésimo trabajo del pasado mes de enero ocuparon más tiempo del estipulado para aquella reunión. Que pésimo día, no había nada que rebatir, él sabía que lo había hecho fatal. Hace mucho que no se esforzaba por vender ni un bolígrafo, y la verdad que no era del todo culpable por su falta de empeño laboral. Las comisiones eran patéticas y cada vez más se violaban los plazos para pagarles las retribuciones que le correspondían por sus ventas. No era mucha plata pero ayudaba con las cervezas de los viernes y con una que otra pizza que pedían los sábados a la oficina.


Un desairado Alfredo se dispuso a marcharse, ya había perdido el autobús de las cinco y quince, le tocaría esperar al próximo que pasaba a las cinco treinta. Al montarse se percató que este estaba vacío, aparentemente la mayoría de los empleados del distrito comercial salían despavoridos de sus trabajos y convergían en el autobús de las cinco y quince, a esto Alfredo le llamaba el síndrome del empleado afligido. Ese empleado le alquilaba las 10 horas de su vida a algún forrado empresario que se beneficiaba más del tiempo de sus subalternos de lo que ellos conseguían a cambio.

En la próxima parada una mujer trigueña subió al colectivo, sobraban asientos pero permaneció parada. Tenía el pelo muy corto y era muy delgaducha, cargaba una mochila cruzada y no lucía muy arreglada. Ella tenía cierto encanto que superaba cualquier atuendo que usase, al menos para Alfredo. Al verla, su presencia inundó de una magia extraña aquel autobús. Una mística en el aire que lo atraía hacia ella.

No estaba seguro qué hacer, ¿se le acercaba? No era común encontrase con alguien que le pegara semejante flechazo como para ignorar que de aquí podría surgir algo. Sin tiempo para analizar, Alfredo se dispuso a preguntarle, —¿nos conocemos, me parece haberte visto antes?

Ella lo miró y solo procedió a negar con la cabeza, quedó desarmado. La conquista no era su fuerte, pero sabía que a ella no debía dejarla escapar. —¿y si te sientas a mi lado?, seguro que estas cansada— le dijo con la esperanza de que no lo rechazara. Ya que se había decidido a que no se le escaparía.

Ella sonrió mientras el autobús se detenía y respondió —llegué a mi parada— y sin más se marchó.

A partir de ese día, Alfredo tardaba unos minutos más en dejar todo en orden en la oficina. Unos minutos más para tomar el ascensor; unos minutos más para perder el colectivo de las cinco y quince. Se aferró a su nueva rutina, en un intento desesperado de que un día ella regrese a su vida.

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Sobre el Autor

Carolina José

Experta en Relaciones Internacionales, políglota; apasionada de las causas justas.