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Política

Plubicado el 18 de Junio, 2018 | por Franklin Rodriguez

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La incongruente política exterior de Trump

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Dos caras de una misma moneda. Es esa la conclusión que podría extraerse al ponderar lo sucedido a principios de este mes de junio, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, se convirtió en protagonista de dos titulares simultáneos que reflejaron nueva vez un aspecto muy singular de su política exterior, la imprevisibilidad.


Esto puede darnos una guía básica de los últimos acontecimientos, donde temerariamente Trump se ha abierto frentes simultáneos con aliados tradicionales, al tiempo que exhibe con cierta pomposidad el acercamiento con un adversario tradicional de Washington, con el que hasta hace poco cruzó serias amenazas de mutua capacidad destrucción.

Comenzando por la esperada Cumbre del G7, que reúne (según el hoy disputado orden económico mundial establecido post Guerra Fría) a las principales naciones industrializadas del mundo, esta prometía ser un escenario de debate interesante dado el contexto en que se celebraba. Sucede que a la misma le antecede una disputa arancelaria, donde alegando desventajas comerciales, Estados Unidos ha impuesto un considerable aumento arancelario a México, Canadá y la Unión Europea, afectando de modo puntual la importación de acero con un 25% y al aluminio con un 10%.

La decisión es tomada luego de haber optado en principio por aplicar cuotas de importación selectivas, que afectaban a Australia, Corea del Sur, Argentina y Brasil, pero que al sancionar a sus grandes aliados comerciales generó una respuesta contundente, donde estos decidieron responder con aranceles a productos estadounidenses, y denuncias ante la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Al principio, el interés de la Cumbre era crear consenso en la búsqueda de soluciones al impase, proponiendo entre otras cosas la modernización de la OMC, el establecimiento de reglas comerciales claras, y una vuelta a los reducidos aranceles que permiten el dinámico flujo comercial mundial. Sin embargo, las previsiones no resultaron muy ajenas a la realidad por la actitud defensiva de Trump, quien primero se despachó solicitando la readmisión de Rusia al grupo, expulsada en el 2014 del entonces G8 tras la anexión de Crimea, para luego negar su apoyo a las medidas acordadas en la clausura de la Cumbre, de la cual se ausentó prematuramente.

Las muestras de desilusión fueron patentes durante y posterior al encuentro, en especial de parte de los mandatarios de Alemania, Francia, Reino Unido y Canadá, quienes por primera vez parecen estar dispuestos a plantar frente a un Estados Unidos indiferente, confrontando públicamente sus medidas. No obstante, la actitud de desdeño y obstinación contra aliados tradicionales, exhibida por el mandatario estadounidense durante la estadía en Canadá, contrastó de un modo especial con la muestra de apertura al diálogo y transigencia evidenciada en Singapur para con el mandatario norcoreano, Kim Jong Un.

Bastaría remontarnos un año atrás, y rememorar los altos niveles de tensión que a nivel regional y mundial generaron las confrontaciones verbales entre ambos mandatarios, para reconocer que la trascendencia de una reunión, que de paso se convertía en la primera de un presidente en funciones de Estados Unidos, con un miembro de la dinastía familiar de Corea del Norte. Con el objetivo común de trazar una raya de Pizarro, que marcara un antes y un después para la situación latente en la Península coreana, ambas naciones se habían propuesto buscar una salida consensuada, auspiciada por dos mandatarios cuya credibilidad depende más de resultados tangibles que de buenas intenciones.

No por casualidad nos retrotraemos a los últimos meses, a fin de valorar el contexto que rodea unas negociaciones de trascendencia, que buscan ser mostradas por la Casa Blanca como un logro exclusivo de Donald Trump. Sin embargo, lo que puede ser consignado como un gran acierto dentro de la errática estrategia exterior de Washington, no sería posible sin el concurso de actores fundamentales de la región, como China, Corea del Sur y el propio régimen de Pyongyang.

Habiendo cargado desde el 2006 con numerosas sanciones, que iban desde suspensión de suministro de tecnología, armamento, bienes de lujo, petróleo, productos agrícolas y metales, Corea del Norte ha logrado sobrevivir a un aislamiento sostenido, que sin embargo no le persuadió de abstenerse a la producción de misiles balísticos y armamentos nucleares. Seúl aprovechó el nuevo escenario que se gestaba, para en concomitantemente con las presiones de China sobre Pyongyang propiciar un acercamiento entre ambas naciones en abril, y el sentar las bases del posterior encuentro entre Kim Jong Un y Trump.

A pesar de las expectativas iniciales, generadas tras el adelanto de Kim en anunciar previo a la Cumbre el término de los ensayos nucleares y lanzamientos de misiles, además de la devolución de prisioneros, el acuerdo logrado y consistente en 4 ejes básicos dejó mucho que desear. En efecto, la falta de rigurosidad fue evidente partiendo de un objetivo tan ambicioso, que incluye la desnuclearización de la Península, recuperar los restos de prisioneros de guerra, el inicio de un proceso de paz, y la promesa poco fiable de Trump de suspender las maniobras militares con Corea del Sur.

Lo cierto es que difícilmente Kim Jong Un llegue a acceder a desmantelar su programa nuclear unilateralmente, siendo este el recurso que garantiza su nuevo estatus, y sobre todo a sabiendas de que no se puede confiar en un Trump que renunció recientemente a un Acuerdo Nuclear con Irán, (Teherán posee menos potencial atómico que Pyongyang), lo que podría llevar a Kim a subir la apuesta en lo adelante. Es previsible que el régimen norcoreano dosifique las concesiones, hasta lograr revertir las sanciones que frenan su economía, mientras Trump acudirá nuevamente al juego retorico y las amenazas de presionar con más sanciones si no logra una desnuclearización pura y simple.

Volviendo a comparar los desenlaces de ambas Cumbres, las incongruencias parecen difuminarse entre una necesidad de Trump de ganar réditos políticos a su modo grandilocuente de negociar. Estaremos por ver cuánto de este errático juego geopolítico, está condicionado a su interés de contrarrestar su situación a nivel local.

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Sobre el Autor

Franklin Rodriguez

Miembro del Comité Central del PLD, Secretario de la Juventud Peledeísta.