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Política

Plubicado el 16 de Marzo, 2018 | por Manolo Pichardo

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Juego de opinión

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El mundo de la comunicación ha ido evolucionando en la medida que la tecnología ha avanzado de forma inusitada, a tal velocidad que el vértigo que nos causa, no nos permite acomodarnos en los nuevos esquemas tecnológicos, porque de golpe tenemos que abandonar el estado de confort que nos facilitó la modernidad, para, en carrera desbocada, subirnos a un remozado tren que abandona de forma constante el presente que nos lleva al arribo permanente de un futuro que al instante es condenado a ser pasado.


Ahítos de tecnológicas el sopor nos pone lerdos, y en medio del embotamiento, apenas disponemos de tiempo para la reflexión que nos saque de la modorra o el estrés (todo depende del individuo), que nos causan los medios de comunicación tradicionales, sesgados por el interés corporativo, o los habilitados por la Internet, anidados en las redes sociales que han venido a dar horizontalidad a la información, democratizándola en unos casos, o desvirtuándola en otros, hasta la total degeneración que le imprime una masa social tan heterogénea que el hedor, el perfume y la anosmia se mezclan de manera natural.

No es un secreto que las redes sociales se han legitimado como instrumentos por donde brota una nueva opinión pública que los tradicionales moldeadores de esa opinión tienen que recurrir a ellas como fuente para estructurar las informaciones que evacuarán sin la necesidad de que el reportero salga a hacer contacto con un individuo generador de noticias, de ésas que el público demanda o consume sin que le apetezca.

Los medios tradicionales tienen hoy más dificultades para imponer al público la opinión del interés de sus dueños, porque la línea editorial que pretende marcar la agenda de la sociedad, es arrinconada por el bombardeo de informaciones en las redes que hacen emerger verdades que se ocultan por conveniencias del propietario de la rotativa, la emisora de radio o televisión. Lo lamentable es que la Internet al alcance de todos también se presta para difundir falsedades; lo que los inescrupulosos hacen de manera burda, no como los medios tradicionales que edulcoran la mentira recurriendo a la manipulación que mezcla verdades con hechos que no se han producido y un océano de técnicas con base en la siembra de dudas encaminadas a generar percepciones.

El término credibilidad, ha venido a ser un recurso para descalificar a la nueva opinión pública con el objetivo de que los medios de comunicación tradicionales recuperen la hegemonía y, de paso, puedan mantener el negocio, apaleado por la velocidad de los medios electrónicos que convierten emisiones y tiradas en fiambres noticiosos: en papel cuya tinta ensucia y contamina el planeta, y pantallas y bocinas que siembran al espectador en un espacio fijo; la desmovilización de la que la gente se sacude ayudado por un celular.

Los medios tradicionales, en este escenario de guerra con secuela de batallas perdidas, “innovan”, quizás para sobrevivir, de una manera que los lleva a parecerse a lo que combaten: las noticias son servidas con juicios de valor. Entonces la independencia enmascarada se pierde en el formato parecido al de las redes que quieren marcar la opinión sin guardar la forma. Pero también en vez de recurrir a la calidad, las historias en la TV se cuentan sin coherencias, sin identificar a los que hablan en los cortes, lo que hace que la información sea confusa. La reinvención no va bien.

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Sobre el Autor

Manolo Pichardo

Presidente de la COPPPAL. Político dominicano, expresidente del PARLACEN y actual diputado; periodista, escritor, poeta.